martes 5 de mayo de 2009

Capítulo 3: Verdades en Elanor

2comentarios
Estacioné mi auto, un Nissan GT-R, en el aparcamiento del bar en donde frecuentamos, o mejor dicho frecuentábamos los fines de semana. Era un local ubicado en uno de los barrios en donde abundaba la vida nocturna, ni muy grande ni muy chico, de estilo medieval, llamado “Elanor”. Las paredes exteriores eran de piedra gris, y las ventanas tenían forma alargada y delgada, como las de las iglesias, y a los lados de la puerta doble de madera y reja de fierro negro había dos antorchas ardiendo.
- Cada día me gusta más tu auto. – Como siempre, Alex estaba maravillado con mi adquisición de hace unos meses, producto de un débil intento de animarme a mi mismo.
- A mi también.
Nos bajamos, y me causó gracia el contraste de mi moderno vehículo con el bar en el que estaba estacionado. Activé la alarma y me tomé mi tiempo en contemplar el familiar edificio, de arriba abajo.
- No ha cambiado en nada…
- Solo ha pasado un año, no es tanto tiempo. – Respondió Alex a mi comentario mientras se acercaba rápidamente a la entrada del local.
La lluvia había comenzado a caer con mucha mas fuerza en el trayecto de mi departamento al bar, hasta el punto de formarse grandes pozas de agua en la calle. Entré al local tras Alex, y al igual que el exterior, todo seguía intacto. Las armaduras en las paredes, las antorchas y los candelabros colgantes con velas que iluminaban el lugar, las mesas y las sillas de madera ordenadas aleatoriamente, y la larga mesa de bar llena de vasos, copas, botellas y latas. La chimenea del fondo ardía, calentando el lugar ya bastante frío por la piedra de las paredes y del suelo. Nos acercamos a una mesa del fondo del lugar, pasando por alto las miradas impresionadas de los clientes presentes y nos sentamos a esperar a que llegaran Darío e Ian. Lo bueno que tenía “Elanor” era que como la dueña, Ángela, nos conocía hace bastante tiempo, gozábamos de ciertos privilegios entre los que se contaba la prohibición de la entrada de la prensa, y la posibilidad de salir por la puerta trasera en caso de que un mar de medios de comunicación masiva atacara la entrada principal.
Cuando nos sentamos, la dueña del bar nos vio desde la barra y se nos acercó a la velocidad de un rayo, y con una botella de cerveza helada y tres vasos.
- ¿Les molesta si me siento? – y sin esperar respuesta, se sentó sirviendo los vasos. Alex, como siempre, se la comía con los ojos y con justa razón, pues era muy atractiva, y no era mucho mayor que nosotros.
- Logramos sacarlo de su departamento, al fin. – comentó Alex echándose hacia atrás en la silla, y mirándome divertido.
- ¡Ya era hora! ¿Cómo has estado, Vicente? Tanto tiempo…
- Supongo que mejor, no podía encerrarme para siempre ¿no? – me encogí de hombros y le sonreí a Ángela.
- ¡Ya te iba a ir a buscar! - Justo en ese momento se escuchó el sonido de vidrio rompiéndose en la barra, sobresaltando a Ángela. - ¡No puedo tener ni un minuto de descanso! Sucede que tengo empleados nuevos… Y no tienen demasiada experiencia. Con permiso…. – se levantó y, llevándose su vaso de cerveza, se fue.
- Al igual que el local, Ángela se mantiene muy bien. – comenté, y tomé un trago de mi vaso.
- Cada día mejor, y tiene unas clientes preciosas que vienen regularmente. Debes conocerlas.
- No por ahora, gracias. – No cuando el recuerdo de Anastasia todavía estaba tan presente. En verdad no tenía ninguna motivación para estar ahí sentado, y mi incomodidad era demasiado evidente - ¿Es necesario esto, Alex?
- Si, Vicente. Ya basta de aislarte de la gente a la que le importas. – Me respondió Alex. Había comprendido enseguida a qué me refería, pero definitivamente no iba a permitir que me fuera.
- Pero…
- Pero nada. Si se alejaron es porque tú lo quisiste.
- ¿No están enojados? – En verdad no tenía sentido seguir evitando el tema que realmente me preocupaba, ni tampoco lo tenía reprimirme pensamientos con Alex, ya que era la única persona con la cual he conversado temas con los que nadie más he hablado ni hablaría jamás, y no hablar esto con el era una estupidez.
- No, si entienden tu actitud… Pero ya se estaban empezando a cansar de esperarte y me querían convencer de obligarte a salir de…
- Eso hiciste. – interrumpí.
- Pero no porque ellos me lo pidieran, fue por iniciativa propia.
- Hay algo que quiero saber… – Me entró curiosidad por saber qué pensaba Alex de mí ahora, y era el momento perfecto de preguntárselo, ya que nunca había querido hacerlo por evitar el tema, pero si quería superarlo debía enfrentarlo poco a poco. Para variar Alex tenía razón en sus consejos. – ¿No piensas que soy un exagerado?-
Alex me quedó mirando fijamente, y se tardó en responder. Lo había encontrado desprevenido, ya que lo normal era que él tuviera que sacarme la información que yo necesitara desahogar, y eran contadas con los dedos de una mano las veces que había hecho preguntas tan directamente, y siempre que las hacía se provocaba el mismo efecto de impresión.
- Pienso todo lo contrario, Vicente. No todo el mundo puede soportar el tener a su pareja muriendo en sus brazos, y de esa forma… - En ese momento fijé mi vista en un nudo en la madera de la mesa que de forma repentina me pareció particularmente interesante.- Lo has llevado muy bien, en serio.
- ¿Y no te cansas de andar siempre preocupado por mi y de que no se me ocurra saltar de mi ventana?- no desvié la mirada del nudo.
- Tú no te cansaste de mí cuando teníamos diecisiete. Somos amigos de toda la vida, y en serio no entiendo cómo te puede preocupar algo tan imposible como es que me canse de ayudarte. La respuesta es obvia.-

No había nada entretenido en la televisión, como todos los domingos por la tarde, y me arrepentí de no haber acompañado a mi madre a comprar con mis hermanos menores, ya que al menos hubiera tenido algo que hacer. Anastasia había viajado fuera de la ciudad por el fin de semana, y no había tenido noticias de mis amigos, hasta ahora.
Sonó el timbre, y me levanté del sofá desganadamente a abrir la puerta, preguntándome quién podría ser.
- ¿Alex? ¿Qué pasó? – el gesto en su cara era preocupante, tenía los ojos ausentes y ojeras muy marcadas, evidenciando lo presumible: que no había dormido hace al menos dos noches.
- ¿Estás solo? Necesito contarte algo… - expedía olor a alcohol, y supe que había sucedido algo grave. Alex nunca bebía si no era con nosotros, y el que lo haya hecho me preocupó superando todos los límites posibles.
- Estuviste tomando… Pasa.
- Anoche, pero no me regañes… - Alex entró, y esperó a que le indicara que se sentara o algo, cosa extraña en el ya que mi casa era prácticamente su casa. Cuando lo hice se sentó y se agarró el pelo cerrando firmemente los ojos.
- En mi casa creen que pasé el fin de semana acá.
- No hay problema pero dime qué pasó, me tienes preocupado.
- ¿Me prometes que no me vas a dejar solo en esto? – dijo, y me miró nuevamente con esa vista ausente, perdida.
- No seas idiota, por supuesto que no te dejaré solo. – respondí, y puse mi mano en su hombro. Ver a Alex con esa actitud era indicio de algo fuerte, ya que normalmente no actuaba así ante los problemas menores.
- Tiene que ver con Maida…
- ¿Terminaron? – aventuré.
- No… no sé…
- Entonces dime… - empujé levemente con la mano que tenía en su hombro, obligándolo a sentarse de forma recta.
- Tiene dos meses de embarazo.-
La preocupación que sentía fue radicalmente reemplazada por rabia hacia la irresponsabilidad de Alex, y a la inminente necesidad de ayudarlo. Entre nosotros siempre fue igual, mis problemas eran los suyos y viceversa, y eran innumerables las veces que nos habíamos ayudado mutuamente. Por supuesto que esta vez no sería la excepción.
- ¿No que tomabas precauciones?
- Hubo una vez que no… Es que… No nos resistimos y creímos que no pasaría nada.
- Mira Alex, hay gente que no piensa en este mundo, gente estúpida, pero tu no entras en esa categoría. ¡Cómo se te ocurre creer que no pasaría nada! – dije, y me levanté sintiendo cierto arrepentimiento por hacerlo sentir peor, pero debía tener claro su error. Volvió a tomarse el pelo, esta vez con más fuerza, y cerrando los ojos.
- No sé qué hacer…
- Lo evidente, Alex. Vas a hacerte cargo de lo que hiciste, y por ningún motivo dejarás sola a Maida, y buscaremos un trabajo para los dos.
- Pero no tienes porqué hacerlo… - Alex levantó la vista con los ojos abiertos como platos.
- No te voy a dejar solo en esto. Te ayudaré.

Ya había pasado un mes desde que Alex me había contado su problema, pero ahora nos enfrentábamos a otro, el cual cuya simple solución era rotundamente evitada por Alex.
- Mira, si no le cuentas a tus padres esta semana te juro que lo haré yo. No puedes seguir postergando algo así, Alex. Si sigues esperando será peor. – dije mientras me quitaba la ropa de trabajo, y me ponía la mía en los camarines de empleados. Habíamos encontrado trabajo en el mismo lugar, y nos encargamos de que fuera en el mismo horario, en un restaurant de comida rápida.
- Me echarán de la casa.
- Pero ya sospechan que algo te sucede, según lo que me cuentas. Es mejor que lo digas tú a que se enteren por otros medios. – pero Alex no me respondió, y no le insistí. Preferí dejar que pensara en mis palabras, por muy obvias que sean.
Ya eran las once de la noche, y estaba exhausto, ya que era viernes, y pensar que aun debíamos trabajar al día siguiente y el domingo hacía que me cansara anticipadamente. Salimos del local agradeciendo el impacto de la brisa fría que corría por la calle que aclaraba nuestras mentes.
- Se lo diré hoy a mis padres. ¿Puedo irme a tu casa si sucede cualquier cosa?
- Por supuesto.
El celular de Alex comenzó a sonar, y contestó de inmediato. La expresión de su cara cambió rotundamente de aquella mirada ausente que había adoptado desde hace un mes a una de total temor. Cuando colgó estaba desesperado.
- Vicente, ya sé que te he pedido mucho estas semanas, pero por favor acompáñame al hospital. Maida tuvo síntomas de pérdida. – la noticia me cayó como un balde de agua fría.
- Claro que sí, Alex, no es necesario que lo pidas. ¡Vamos rápido!
Todo el cansancio desapareció de un momento a otro, y estuvimos en el hospital en diez minutos, quien sabe cómo. Cuando le preguntamos, la recepcionista nos indicó en donde estaba Maida, y corrimos hacia allá, ignorando el llamado de atención de la gente en el pasillo. Llegamos a la puerta correcta y Alex la abrió groseramente, entrando con velocidad inusual a situarse al lado de Maida, que yacía acostada en una camilla con los ojos hinchados y rojos, lo cual me hizo temer lo peor.
- Esperaré afuera… - dije, pero Alex negó dándome la espalda, por lo que cerré la puerta silenciosamente y me acerqué, manteniendo cierta distancia. El médico esperaba que alguien hablara con los brazos cruzados, con una expresión de triste comprensión por la situación, pero como Alex estaba demasiado afectado para hacerlo, lo hice por el.
- ¿Qué pasó, doctor?
- Antes que todo, tienen que entender que lo que sucedió no se pudo predecir ni evitar. – la voz del médico era como la de un padre hablándole a sus hijos – Lamentablemente, producto de una baja en la concentración de progesterona se produjo un aborto espontáneo, lo siento. – De inmediato oí cómo Maida explotaba en llanto, y vi a Alex desplomarse junto a la camilla. Por muy problemático que fuera el tema para el, en el fondo yo conocía bien las expectativas que había comenzado a crearse, y por cómo me hablaba de Maida, ella tampoco mostraba algún indicio de no querer ese hijo. Me acerqué al médico para poder entender mejor.
- ¿Cómo?
- Mira, la progesterona es una hormona que mantiene el embarazo, y deja que el feto se mantenga en su lugar. Fue por problemas hormonales de Maida, ¿entiendes? No pudimos hacer nada, lo siento.
- Gracias, doctor…
- ¡Es tu culpa, Alex! ¡Tú insististe en que nada pasaría esa noche! – Maida había comenzado a gritar como una loca, haciendo que el médico se acercara a calmarla. Yo me aproximé a Alex, el cual había empezado a llorar desconsoladamente, y lo abracé fuerte, demostrándole que estaba con el y que contaría conmigo para siempre.

Recordé lo ocurrido cuando teníamos diecisiete años, y en cómo me sentí. No hubiera podido dejar solo a Alex ni por nada del mundo, incluso aunque el me lo hubiera pedido, y si bien ayudarlo a salir adelante fue difícil, no fue imposible. Ahora la situación se revertía, y aunque odiara aceptarlo ahora era yo el que necesitaba el empujón para salir adelante, esas energías que requería que me proporcionaran, que me hicieran ver cómo debía actuar, ya que yo me negaba a verlo.
- Gracias… - simplemente pude decir eso, y Alex me sonrió.
- No agradezcas nada.
Estuvimos los siguientes diez minutos conversando sobre el último año de Universidad que cursaba Alex, ya que después de “recuperarse” de lo de su hijo y de pasar por graves crisis vocacionales, terminó decidiéndose por Ingeniería Civil en Minas. La comparamos con la carrera de la cual ya me había graduado, Literatura, hasta que la puerta de entrada del bar se abrió, y entraron dos hombres junto con una fría brisa. Ya había olvidado la última vez que había visto a Ian y a Darío, pero volver a encontrarme con ellos fue como si nada de tiempo hubiera pasado. Si bien no me motivaba estar ahí sentado, me dí cuenta que en realidad no quería alejarme de ellos, y de que había relacionado mi aversión con sus faltas de preocupación, pero Alex ya me había dejado en claro la realidad.
- ¡Hasta que te acordaste que tenías vida social, Vicente! – me dijo Darío, y me levanté a saludarlo.
- Mi vida social hibernaba, lo siento. – Nos abrazamos, y luego miré a Ian.
- Y supongo que el invierno ya acabó. – Ian siguió el juego.
- No, pero mi vida social tiene el sueño ligero. – Reímos, y nos abrazamos. Alex los saludó también, y nos sentamos en la mesa, pidiéndole con un gesto a Ángela que nos llevara más cerveza.
Al estar los cuatro sentados en silencio, mis conjeturas de aquella mañana se hicieron realidad: Ian me miraba de vez en cuando, como evitando toparse conmigo pero no pudiendo evitarlo, y Darío se rascaba continuamente la cabeza, esforzándose por decir algo, y mi incomodidad aumentó considerablemente. Me decidí a levantarme y retirarme, ya que no me gustaba que la gente me tuviera lástima, pero cuando abrí la boca para explicar el porqué me iba, Alex interrumpió.
- No nos juntamos para estar callados, y si quieren preguntar algo, háganlo directamente. – Se había dado cuenta de que Darío e Ian se sentían incómodos, y con lo que había dicho no me quedó más remedio que quedarme, porque Darío comenzó a hablar de inmediato.
- Tienes razón – y pasó su mirada desde el hacia mi- Vicente, se supone que debíamos hacerte pasar un buen rato… Y no quería tocar el tema, pero…
- Mira, prefiero que me pregunten directamente cómo estoy a que me miren como el tipo al que hay que tenerle lástima y con el que hay que tener cuidado al hablar o hacer algo.
- Es que como nunca quisiste hablar el tema con nosotros no sabíamos qué reacción tomarías, – acotó Ian – por eso decidimos hacer como si nada hubiera pasado.
- Pero no les funcionó.
- Vicente, cálmate. No es normal que la gente se altere cuando sus amigos quieren que esté bien, y eso es precisamente lo que estás haciendo. – Alex me frenó.
- Está bien… Lo siento… Solo quiero que me digan qué es lo que piensan.
- Yo los dejo un rato para que conversen. – Alex se levantó y se dirigió a conversar con Ángela a la barra, dejándome solo frente a Ian y Darío. Había llegado el momento de hablar del tema y enfrentarlo todo con alguien que no fuera Alex, o alguien de mi familia, y si bien sabía que este momento llegaría, esperaba que se tardara más. El primero en romper el silencio fue Ian.
- Como ya debes saber, entendemos tu silencio y tu reacción, y personalmente no quiero que pienses que nos alejamos, porque no es así. Simplemente quisimos darte tu tiempo y esperar a que te sintieras mejor como para recuperar tu vida, pero te estabas tardando demasiado y ya íbamos a intervenir. No quiero obligarte a hablar de Anastasia ni de lo ocurrido, porque debe ser bastante doloroso y no solo para ti pues ella era muy cercana a todos, pero me gustaría entenderte y poder ayudarte.- Al terminar de hablar, me quedó mirando esperando que yo formulara alguna respuesta, pero no sabía qué decir. Sentía que debía hablar, pero hacerlo significaba profundizar heridas ya abiertas.
- Yo pienso que no nos merecemos que nos rechaces tan abiertamente, ya que solo queremos lo mejor para ti, y ya estuviste demasiado tiempo solo. Creo que Ian dejó muy claro lo que piensa, y yo concuerdo con el. Quiero entenderte. –
No me percaté de cuánto rato estuve en silencio, debatiéndome en mi interior si hablar o no hablar. Ellos eran los amigos más cercanos que yo tenía, después de Alex, y en el fondo tenían razón. Yo en lugar de ellos habría hecho exactamente lo mismo, y en realidad era bastante egoísta de mi parte pensar solamente en mí, ya que Anastasia era bastante cercana a mis tres mejores amigos, y su pérdida los había afectado también, pero mi dolor propio me había impedido ver más allá de mi metro cuadrado, y me había encerrado en una burbuja llena de recuerdos masoquistas. Nunca me había puesto a pensar en la fuerza que debe haber tenido Alex en el momento de la muerte, ya que solamente se había preocupado de mi bien, y yo no había pensado en lo más mínimo en el. Repentinamente me sentí culpable y egoísta y me decidí por hablar.
- Primero que todo quiero que me perdonen… No les permití estar conmigo en momentos difíciles solamente porque soy un egoísta que pensaba en si mismo, pero en ese entonces me daba lo mismo todo lo que no tuviera relación con mi vida ni con los recuerdos de Anastasia, y en realidad recién ahora estoy empezando a intentar recuperarme. La verdad es que con el tiempo empecé a pensar que ya no se interesaban en mí, y fue por eso que me alejé. Simplemente me encerré tanto en mi mismo que no me dí cuenta que estaba alejando lo bueno de mi vida, y si no fuera por Alex nunca me hubiera dado cuenta… - al hablar, lo hice demasiado rápido y no supe si me habían entendido bien, pero expresarlo oralmente me ayudó a concebir lo estúpido que había sido.
- No te preocupes, te conocemos bien, y eso lo entendemos… - me respondió Darío, con un tono de máxima comprensión.
- No fue fácil soportar que muriera en mis brazos, ni tener mis manos llenas de su sangre…- continué - Teníamos muchos planes, e íbamos a ser muy felices, pero todo se derrumbó en cinco minutos. Fui tan feliz con ella que empecé a vivir de los recuerdos que me quedaban, y fue Alex el que me hizo asumir la realidad, pero eso llevó a que viviera por inercia. – mientras hablaba, mi vista estaba clavada en la botella casi vacía de cerveza.
- ¿Nunca quisiste salir adelante? – me preguntó Ian, y le respondí de inmediato.
- No, nunca. De hecho me obligaban mi familia y Alex a salir aunque sea a caminar, porque yo me habría quedado encerrado todo el día en mi habitación, o sentado en el cementerio.
- ¿Y qué hizo que te decidieras ahora?
- Siempre tuve la esperanza de que algo bueno me pasara, y como siempre me repetían que nada del pasado iba a volver y que no podía ser un eterno amargado, me di cuenta que no quería serlo… Hay más cosas buenas por las que vivir, como la familia y los amigos ¿no?
- Totalmente de acuerdo. – Darío me sonreía, al igual que Ian, y me sentí como un experimento que había resultado exitoso.
- Ya, y tu discúlpanos a nosotros por no haber insistido en ayudarte. – dijo Darío.
- Hicieron bien, volvieron en el momento justo.
- Entonces todo aclarado… ¡Alex! – Ian llamó, y Alex volvió a sentarse con nosotros.
- ¿Todo bien? – preguntó abiertamente, pero yo sabía que la pregunta iba para mí.
- Mejor de lo que esperaba…

Nos pasamos el resto de la noche conversando, riendo, recordando anécdotas del colegio y contándonos, o mejor dicho en mi caso oyendo, lo ocurrido en el año en que estuvimos distanciados. Cuando vi la hora eran las cuatro de la mañana, y con Alex procedimos a retirarnos, empapándonos con la lluvia al salir del local.
-¿Te arrepientes de haber venido? – me preguntó cuando ya estábamos resguardados en el tibio interior de mi auto.
- No… Y quería agradecerte por obligarme a venir. No sé cómo hubiera salido adelante sin tu ayuda, Alex… Gracias.
- No me agradezcas, somos como hermanos y es lo menos que puedo hacer.
Fui a dejar a Alex a su departamento, y cuando llegué al mío me acosté y caí dormido al instante.

domingo 5 de abril de 2009

Capítulo 2: Compañía

4comentarios
A la mañana siguiente me levanté tarde. Había amanecido con un extraño peso de culpabilidad por mi decisión, como si Anastasia hubiera estado viva y se hubiera molestado por la nueva futura decoración. Pero en ningún momento sopesé la posibilidad de arrepentimiento, Alex me mataría. En eso nos parecíamos mucho, cada vez que uno tomaba una decisión que el otro consideraba correcta, hacíamos lo imposible para que esa convicción permaneciera. Recibí la agradecida llamada diaria de mi madre y mis hermanos menores, Amanda y Gaspar, y luego me vestí. Hoy tenía la necesidad de estar con Anastasia, de sentirla, olerla, quererla… La sentí como hace semanas que no la sentía. Cerré los ojos para recordar su voz diciéndome que me amaba, que nada nos separaría… Pero se había equivocado; nos habían separado cruelmente. Entré a mi estudio, cerré la puerta y me planté frente a la fotografía de mi escritorio, para hundirme en recuerdos nostálgicos y masoquistas. La vida era demasiado injusta, se encarga de quitarle cosas a la gente buena, y darle a la gente equivocada…

El sol hacía relucir los destellos rubios del pelo castaño claro de Anastasia, que me sonreía radiante. Su tibia mano se entrelazaba con la mía mientras caminábamos por la calle, buscando algún lugar para almorzar.
- ¡Ya quedan solo horas! No lo puedo creer, Vicente... ¡Al fin! – Aumentó la fuerza con la cual apretaba mi mano – Soy tan feliz…
- Dudo que más que yo, amor.
-Te lo puedo asegurar, no te mentiría…
La gente nos miraba al pasar, como siempre, pero ya no me molestaba. Estar junto a Anastasia era como si nos encerraran en una burbuja, en nuestro mundo propio hecho por y solo para nosotros, y mañana se rectificaría nuestro amor ante Dios. No lo creía necesario pero la familia de Anastasia era muy católica, y si eso es lo que ella quería no me voy a oponer, al contrario.
- Conozco un lugar para almorzar, y podemos acortar camino por ahí… - Anastasia señaló un pasaje a mas o menos una cuadra de distancia. No me daba confianza.
- ¿Segura?
- Si, ya he ido por ahí otras veces.
No sé si eran ideas mías, pero cuando llegamos al pasaje todo se tornó más oscuro. Miré al cielo, y efectivamente una nube cubrió repentinamente al sol. Las ventanas rotas de los edificios, los graffitis y la basura del lugar me dieron un mal presentimiento. Caminamos en silencio, y a medida que avanzábamos más iba apretando la mano de Anastasia, como si así fuera a protegerla de algo. Al otro lado del pasaje, tres tipos nos miraban. Uno de ellos era calvo, bajo y gordo, y vestía pantalones y chaqueta negros, en mal estado. El otro tipo era más alto, musculoso y vestía una polera blanca, manchada, y unos jeans igual de manchados. El tercer hombre estaba sentado sobre un basurero, y vestía de forma muy parecida al segundo hombre. Los tres estaban fumando, y reían.
- Anastasia, volvamos. – Pero estaba paralizada y con la vista clavada en el hombre alto y musculoso. Se empezaron a acercar a nosotros, lanzando al suelo sus cigarros, y fue en ese momento cuando vi lo que Anastasia ya había visto. Un revolver.
Me paré frente a Anastasia, dispuesto a protegerla de lo que fuera, aunque sabía perfectamente que no contaba con los medios para derrotar a tres hombres, y menos aun si estaban armados y yo no.
- Solo la queremos a ella, tú puedes irte. - Dijo el tipo calvo.
- No la tendrán. – Atiné a decir, pero soné como un estúpido. Los hombres rieron, y el musculoso hizo un gesto hacia mí. De inmediato los otros dos se me acercaron y me inmovilizaron. Luché, incluso cuando sentí el contacto frío de un objeto metálico y cortante en mi cuello. La mirada helada de ojos oscuros del hombre que no me sujetaba se burló de mí, y luché con más fuerza.
- ¡Cálmenlo, por el amor de Dios! – En respuesta sentí un pequeño corte en el cuello, muy superficial. El hombre se acercó a Anastasia, y la tomó por la cintura con una mano, mientras que con la otra apuntaba con el revolver en su sien.
- ¡No la toques! – El tipo me miró y sonrió.
- Afírmenlo bien. – Se acercó a Anastasia, que lloraba, y la besó bruscamente.
- ¡DÉJALA AHORA! – Pero el beso aumentó de fuerza, y la mano con la que le sujetaba la cintura empezó a inmiscuirse bajo la polera de Anastasia. La rabia era demasiada, me descontrolaba. La fuerza con la cual me afirmaban los otros hombres aumentó, pero no fue suficiente para impedir que me liberara. Embestí al tipo y lo golpeé con el puño en la mejilla, sin importarme que estuviera armado. Sentí nuevamente el contacto frío de la hoja metálica en el cuello, que me hizo más daño, y los brazos como de orangután que me sujetaron. La mirada del hombre que golpeé daba miedo, y su sonrisa mostraba rabia. Se paró frente a Anastasia, sin dejar de mirarme, y pude leer en aquellos ojos lo que iba a hacer. Luché de nuevo con toda la fuerza que pude, pero esta vez fue inútil. El hombre levantó la mano y golpeó a Anastasia en la cara, botándola al suelo. Vi como caía en cámara lenta, y cómo su mejilla se ponía colorada. Su gemido de dolor me llegó al alma, partiéndola en mil pedazos, y su mirada buscándome solo empeoraba las cosas. Mirarla y no poder hacer nada por ayudarla me destruía, y la impotencia me superaba. Sus ojos anegados en lágrimas se fijaron en los míos, demostrando culpabilidad y arrepentimiento. Pero ella no tenía la culpa, nada de esto hubiera pasado si esos tipos no hubieran estado ahí, o si estuvieran muertos, como se merecen estarlo. O si yo no hubiera permitido ir por el pasaje.

Me obligué a dejar de recordar y a volver a la realidad, a la soledad de mi estudio. No me di cuenta cuándo pasó, pero me encontraba hincado frente a mi escritorio, con los brazos apoyados en el, y no dejaba de llorar. Cuando me tranquilicé salí por la puerta, y me encontré con Helen, que debería haber llegado mientras yo dormía, que cortaba el teléfono.
- Hola Helen… ¿Quién llamaba?
- Na… nadie… Equivocado. ¿Va a desayunar? – Tartamudeó, y supe de inmediato que mentía.
- No, gracias.
Fui al baño a ducharme y vestirme desganadamente, luchando para no recordar y para no sentir culpa alguna por pensar en mi bienestar. Dejé que el chorro de agua caliente me golpeara la espalda y me relajara bastante tiempo, centrándome en pensar en ideas para mi proyecto. Cuando salí de la habitación ya vestido me topé con Alex, que me esperaba en el triste living. No era la única vez que Helen llamaba a Alex cuando yo caía en momentos de debilidad. Se lo agradecí profundamente, aunque no me gustara admitirlo. Siempre me ha gustado sufrir en silencio, solo, pero las veces que colapso, Alex siempre estaba ahí.
- ¿Cómo estás?
- Si Helen te llamó es por algo ¿no?- Me senté a su lado en el sofá, y una sonrisa apareció en su cara. Si, los descubrí…
- Hace tiempo que no nos juntamos todos. ¿Te animaría eso? Todos quieren verte.
La idea no me motivaba. Juntarme con todo el grupo de amigos significaba soportar la mirada incómoda y angustiosa de Ian, y el evidente intento de evitar hablar ciertos temas frente a mí de Darío. Miré al suelo en señal de respuesta.
- Están todos preocupados, Vicente. Entienden cómo te sientes, pero no dejan de preocuparse.
- Ni me llaman. Eso no es preocuparse.
- Dejaron de hacerlo cuando evitabas contestarles, lo sabes perfectamente. Pero siempre están pendientes y me preguntan cómo estás.- Tenía razón, no tenía nada que contestarle. Extrañaba aquellas juntas en las que no me sentía el bicho raro al cual había que tenerle lástima. Muy pocas veces venían a verme, pero siempre por separado y por pocos períodos de tiempo. Pero ya hace bastante que no sabía de ellos, y me sorprendió enterarme que seguían ahí, aunque no debería, ya que siempre fueron buenos amigos.
- Solo te conceden el tiempo que necesites, pero en mi opinión deberías obligarte a mostrar interés, porque sé que en el fondo lo tienes. – No dejaba de tener razón, y eso me avergonzó. Clavó su vista en mí esperando una respuesta, y suspiré. No me quedaba opción más que resignarme, pero lo pondría difícil.
- ¿Y qué haríamos?
- Ir a tomar algo en donde siempre.
- ¿A qué hora? No quiero volver tarde…
- Siete de la tarde está bien.
- Es que hace bastante tiempo que no salgo a lugares tan públicos, no quiero periodistas molestosos…
- Por eso mismo, debes volver a salir para que se calmen...
- Pero si….
- Vicente, basta. ¿Si o no? – Alex me interrumpió irritado. Lo miré sin reflejar expresión alguna, por mucho que quisiera encerrarme todo el día y ahogarme en recuerdos.
- Si… ¿Contento? – Apareció una sonrisa en su cara y un brillo en sus ojos azules.
- Si, mucho. – Tomó su celular del bolsillo de los jeans y se levantó mientras marcaba. Supuse que llamaba a Darío o a Ian. Era evidente lo que intentaba hacer, y se lo agradecía; solo faltaba que yo mostrara un indicio de querer superar la muerte de Anastasia para que su “plan” se pusiera en marcha. Ya había esperado lo suficiente a que yo debatiera conmigo mismo sobre mi destino, y ahora tenía decidido intervenir.
- Entonces lo dejamos para otro día, lo siento… Gracias, un beso… - Lo miré con una ceja arqueada. Evidentemente no estaba hablando con Darío ni Ian.
- Tenías planes… - Me sentí culpable, ya que por mí había tenido que cancelar algo que tenía que hacer. Conociendo a Alex: una mujer.
- Sí, pero también tengo prioridades. – Respondió mirando la pantalla de su celular y apretando botones.
- Claro… un pobre amigo depresivo… No dejes de hacer lo que tengas que hacer por mí, Alex.- Me miró serio.
- Estoy bastante grande como para saber lo que quiero y puedo hacer, y si lo que quiero hacer es ayudarte a que vuelvas a ser el de antes lo haré. – No dije nada, solo me quedé mirándolo. – Además, las mujeres llueven.
No pude evitar una sonrisa. Me levanté y lo abracé fuerte.
- Gracias, en verdad…
- No te preocupes. – Me correspondió el abrazo.

Alex se había quedado en mi departamento, y almorzamos antes de salir a dar una vuelta al parque. El cielo se encontraba cubierto de nubes grises, y de vez en cuando el viento nos azotaba, acompañado de hojas secas. Había niños jugando, obviamente, pero estaban más abrigados que de costumbre, y en el pasto se encontraba una que otra pareja de escolares besándose. Caminamos hacia la banca en donde siempre me sentaba, pero Alex me detuvo.
- Mira… Parece que pasó algo…- Acto seguido, apuntó hacia una de las esquinas, en donde un grupo de gente rodeaba un bulto en el suelo. Entrecerré los ojos para enfocar la vista, pero no logré divisar lo que podía ser.
- Vamos a ver.
Cuando llegamos al grupo de gente, nos hicimos espacio entremedio y lo que vi despertó mi instinto protector. Un perro siberiano con pelaje blanco con la espalda y la parte superior de la cabeza gris lloraba mientras se lamía una pata ensangrentada. Sobre su cabeza había otra herida, más sangrante aún. La gente que lo rodeaba se limitaba a comentar cosas como “¡Pobrecito!” o “¡Está llorando!” y, obviamente, nadie hacía nada por ayudarlo.
- Voy a ayudarlo. – Alex no se opuso, por lo que me saqué la chaqueta y me acerqué lentamente al perro. Era solo un cachorro, y no tenía collar, pero no era agresivo.
- Deben haberlo atropellado. – Comentó Alex mientras hacía parar un taxi. – Llevémoslo a un veterinario.
Envolví al perro con cuidado, sin prestarle atención a los comentarios de la gente, y me subí al taxi. El perro no dejaba de sollozar, y me miraba con un par de ojos de un profundo color azul que reflejaban miedo y tristeza.
- Al veterinario mas cercano, por favor. – El taxista miró al perro con cara de desagrado, e inconscientemente lo acerqué a mi pecho.
- Tú y tu instinto de protector animal… - Rió Alex.
- Hubieras hecho lo mismo.
- Consideraré la opción de entrar a Greenpeace. – Bromeó, y solté una carcajada.
Dos horas después nos encontrábamos Alex y yo sentados en la banca del parque, y con el perro acostado en mis muslos. Le vendaron la cabeza y la pata, y le recetaron medicamentos de los cuales me hice cargo.
- Supongo que lo adoptarás, ya que no se despegará de ti.
- Si, yo creo que si. Oye, ¿con quién te tocaba salir hoy? ¿La cuarenta y cinco? – Pregunté en tono de burla. Darme cuenta que al menos aún quedaba algo de mi “yo bromista” por ahí me indicó que había decidido lo correcto. Estaba notando cambios demasiado bruscos desde hace dos días, pero me costaba recibirlos positivamente.
- Cuarenta y seis. – Me corrigió.- Se llama Cassandra, y es hermana de aquella ex compañera de universidad que te comenté el otro día.
La verdad es que no me acordaba de que Alex me hubiera comentado sobre alguna ex compañera de universidad, pero hice esfuerzo en entretenerme al escuchar la detallada descripción física en la que Alex se había sumido. Estuvimos conversando sobre diversos temas que salieron a raíz del primero, y logré tener un momento “normal”, pero lo mejor de todo fue que no hubo silencios incómodos.
- ¿Sabes? Anastasia siempre quiso que tuviéramos un siberiano. – Comenté cuando se habían acabado los temas, y el perro se había quedado dormido. Alex estiró una mano y acarició la espalda del perro.
- Oye… ¿puedo preguntarte algo?- Lo miré asintiendo, estaba esperando aquella pregunta - ¿Qué desató tu eh…. explosión de hoy?
- No me gusta hablar de mí, Alex… - Suspiró.
- Lo sé… No importa.
Hasta que llegó el primer silencio incómodo. Era uno de esos silencios en los que inconscientemente y en una fracción de segundo se maquina en la mente lo que se quiere decir, pero que terminas por guardarte igual. Quería responderle a Alex, necesitaba desahogarme aunque no fuera propio de mí. Supongo que todo el mundo colapsa, y las pocas veces que lo hago es Alex el que siempre me soporta. Esta vez no me guardaría mis pensamientos como normalmente lo hacía. Y nadie más que el se merecía mi confianza. Alex iba a hablar, pero lo interrumpí.
- Fue el miedo a dar el paso que empecé a dar. Como que siento que seguir adelante equivale a olvidarla, y no quiero eso pero temo que suceda. No quiero sentir que la reemplacé o algo así… - Quería que Alex me entendiera con la menor cantidad de palabras formuladas de mi boca, y gracias a dios era bueno en eso.
- Seguir adelante no es olvidarla y mucho menos reemplazarla, Vicente. El día que vuelvas a estar con una mujer, ella sabrá que Anastasia es irremplazable, y te entenderá si en verdad te quiere. – Alex esperó una respuesta, pero no dije nada. Tenía que convencerme de la verdad de las palabras que acababa de oír. No es reemplazable, no la olvidarás por nada del mundo, por el simple hecho de que no puedes hacerlo. Ella te marcó de por vida… Habló una voz en mi subconsciente, que me hizo materializar la cara de Anastasia en mi mente, con aquella sonrisa que me calmaba y atraía a la vez… No te sustituiré, solo intentaré ser feliz… Me marcaste de por vida…
- No sabes lo importante que fue para mí.
- Si lo sé, y también sé cómo la hacías sentir tú a ella. Sabes que siempre fuimos buenos amigos, y siempre me comentaba que no sabría qué hacer sin ti. – Sonreí nostálgicamente, evocando recuerdos a mi mente.
- Me acuerdo que siempre que discutíamos en el colegio, ella iba hacia ti.
- Si, y me encomendaba inconscientemente la misión de recordarte que eras un imbécil al enojarte por tales tonteras.

- En verdad es un tonto, Alex. ¡Cómo no se da cuenta que al que quiero es solo a él!
- Si lo sabe, pero también se da cuenta que el pobre Marcos inunda el colegio de baba por ti, está celoso.
Anastasia y Alex conversaban sentados en el suelo del patio del colegio, apoyados en un árbol. No se habían dado cuenta que yo estaba escuchando todo.
- Anastasia, Vicente vive por ti, y no está enojado, solo está celoso. Lo conozco.
- Fue muy maleducado, ¡y soy su novia! No quiero perderlo por culpa de un tipo que tiene las hormonas disparadas.
- Tú lo dijiste, es un tonto.
No quise escuchar más, no me correspondía. Me dirigí a la sala de clases, que estaba vacía, y me senté a entretenerme rayando la mesa con la punta de un compás. “Vicente y Anastasia”, “V&A”, “Vic y An”... A los diez minutos, una sombra cubrió toda la mesa, y la figura de Alex estaba plantada frente a mí.
- Mejor anda a pedirle disculpas a Anastasia si no quieres que te golpee.
- No te metas, Alex.
- Como digas, no me meteré más, pero ya tienes diecisiete años, y se supone que eres lo bastante maduro como para no enojarte porque un pobre imbécil le tiene ganas a la mujer que te ama.
- Hablas como si fueras mi padre. – Atiné a decir. Alex siempre me hacía ver las cosas como eran en realidad, y no distorsionadas por los temores propios.
- ¡Al parecer Marcos intentó ganar terreno! – Darío apareció en la sala riendo. Me levanté para ver qué sucedía, y el grito de Anastasia me llegó al instante.
- ¡¡¡NO ME TOQUES, ASQUEROSO!!!
Y, efectivamente, Marcos tenía acorralada a Anastasia contra la pared. Tosí fuerte a propósito, y al mirarme, Marcos huyó. Mi mirada se conectó enseguida con la de Anastasia. Sentí el impulso de acorralarla yo, acariciarla y besarla, y con la sonrisa que apareció en su cara me quedó claro que no se opondría.

Habían empezado a caer gotas de lluvia sobre la ciudad, y el cielo estaba mucho más oscuro de lo normal en un día nublado. Llegamos a mi departamento con las chaquetas mojadas, con el siberiano aun en mis brazos, y agradeciendo que Helen, antes de irse, había dejado la calefacción encendida.
Colgamos lo mojado en la logia, y abrí el refrigerador para luego darle algo de comer al cachorro, el cual se devoró la comida.
- Debes ponerle nombre.
- ¿Alguna idea?-
Alex miraba al perro con gesto pensativo, y yo me esforcé en inventar algo. Miré a los ojos al perro, que aun tenían ese aire de tristeza, pero ya sin miedo. Eran de un azul intenso y claro, y el contraste que hacía con el color de su pelaje daba la sensación de frío.
- ¿Cómo se dice azul en alemán?- Pregunté.
- ¡Buen nombre! – Alex se inclinó para mirar más de cerca al perro – ¡Hola Blau!-
En respuesta, Blau empezó a lamerse la pata, por sobre la venda.
- A alguien se le debe haber escapado, no es común ver siberianos callejeros. –
Me encogí de hombros, y miré la hora.
- Ya van a ser las seis y media, si no quieres que me arrepienta de salir vamos ahora.
- De acuerdo, pero cámbiate de ropa. – No sabía qué tenía de malo mi ropa, pero cuando me vi comprendí a qué se refería Alex. Mi polera estaba llena de manchas de sangre de Blau, al igual que mi chaqueta colgada en la logia.

domingo 29 de marzo de 2009

Capítulo 1: Decisión Repentina

2comentarios
Era una tarde cálida, de esas tardes en las que es inevitable salir a tomar un poco de aire y en las que siempre se ven niños jugando en los parques inundando el ambiente con sus risas y gritos, y sus madres o niñeras vigilándolos desde las bancas cercanas comentando sobre algún programa de televisión de moda, o simplemente cotilleando. El ambiente que se crea es propicio para aquellas personas que quieren desconectarse aunque sea un minuto de su realidad, personas como yo.
A mis 25 años de edad, me considero afortunado de tener la capacidad de no estar lamentándome por todo lo que recientemente acaeció en mi vida, o incluso por estar vivo. Creo que mis ganas de vivir y la esperanza que tengo de que todo lo malo me sea devuelto de forma positiva, como dicen, me han mantenido vivo, y quizás muchos crean que soy un exagerado, que lo que me ocurrió no es el fin del mundo, pero para mi lo fue, nunca había sufrido algo como eso y nunca creí que lo iba a vivir. Para mi fue fuerte, y la verdad creo que para cualquiera..
Compré el periódico en el kiosco de la esquina, y llevándolo bajo el brazo me dirigí al parque para sumirme en su ambiente y disfrutar de sus efectos en mi consciente.
Efectivamente, el terreno circular de la zona de juegos del parque estaba abarrotado de niños y niñas jugando. Sus gritos y risas resonaron en mis oídos, y sonreí. Muchas veces he deseado volver a ser niño, tener preocupaciones básicas, como querer un juguete nuevo, o enojarme porque un amigo me dijo “tonto”, y contentarme con cosas simples, como un dulce. Pero ya pasé por ese período en mi vida, y considero que lo disfruté bien.
La zona de juegos estaba rodeada por un ancho camino de piedra laja, alrededor del cual se ubicaban las bancas en donde las madres de los niños cuchicheaban y leían revistas sobre farándula.
Me senté en una de las bancas vacías y abrí el periódico, buscando alguna noticia de mi interés. Pasaba las páginas hasta que me decidí frenar en una y comencé a leer un artículo sobre la caza ilegal en la zona sur del país.
“Hemos acudido a un especialista en el tema, el destacado…”
Pasaron unos cuantos minutos en los cuales mis ojos recorrían las letras, palabras, oraciones y párrafos de la noticia, pero mi mente estaba en otra parte, exactamente en el lugar de donde pretendía que el ambiente del parque la alejara. En el baúl cerrado con llave de mi habitación. Cerré el periódico de golpe, demasiado fuerte quizás, porque un par de niñas se alejaron asustadas, y frente a mi vista quedó el crucigrama que nunca esta de más para matar el tiempo.
Me di cuenta que no tenia lápiz, por lo que miré alrededor para preguntar si alguien me podía facilitar uno, omitiendo el hecho de que no me guste pedir cosas a extraños, pero algo, o mejor dicho alguien, me hizo olvidar repentinamente el crucigrama. Al otro lado del parque, sentada en la orilla de la pileta de agua, una chica de unos 23 años me observaba discretamente con mirada tímida. A al encontrarse con mi mirada, logré divisar un destello en sus ojos que culminó con una sonrisa.
Al verme, se levantó y comenzó a rodear la zona de juegos hacia mí. Era muy alta, pero no más que yo, y su cabello castaño rojizo se movía ligeramente con la suave brisa de la tarde. Al parecer, mi mirada de desconcierto la emocionaba, porque mientras más se acercaba, más se ensanchaba su sonrisa, pero sus ojos reflejaban timidez, e inevitablemente me mantenían hipnotizado con su vivo y brillante color pardo. ¿Por qué se fijaría tan repentinamente en mí? No es muy común que la gente se acerque así sin más y se siente a mi lado. Quizás porque mi mirada les advierte que no soy muy sociable, o qué se yo. A menos que sea algún fanático obsesivo. Adoptando una expresión tiernamente seria se sentó educadamente a mi lado, con las manos posadas en los muslos y con la mirada en el crucigrama que yo sostenía en mis manos. Me puse tenso.
- ¿Tienes un lápiz? - Le pregunté sonriendo y agitando un poco el periódico para darle a entender que deseaba completar el crucigrama. Su sonrisa volvió a aparecer, dejando al descubierto sus blancos dientes. Hurgueteó en su bolso y me pasó un lápiz de tinta gel, mis favoritos para escribir. Apoyé el periódico en mis piernas y me dispuse a completar el crucigrama.
- Diosa griega de la caza, ocho letras. Artemisa. – Ante su acotación, destapé el lápiz y escribí lo que ella me había indicado. La miré de reojo pero con expresión amigable, y ella sonreía levemente. Me gustaba su estilo.
- ¿Porqué tan solo? – Su pregunta me incomodó. Sin querer solté el lápiz, que cayó bajo la banca. Me tomé mi tiempo en recogerlo, para así pensar en qué responder. Normalmente no acostumbro a hablar tan abiertamente sobre mi vida, pero ahora era distinto. Nunca más la volvería a ver así que… ¿Qué importaba?
- A veces la gente requiere de distracciones, dejar de lado su realidad y pensar en otras cosas, y el parque a esta hora facilita esa instancia ¿no crees? – Pero obviamente en mi caso no era así, ya que antes de que esa misteriosa chica se sentara a mi lado no había podido dejar de pensar ni un momento en Anastasia, ni en el baúl de mi habitación, ni en el estado anímico que pretendía dejar.
- Tienes razón. Precisamente por ese motivo es que estoy aquí y ahora conversando contigo, para distraerme.
- Simple coincidencia. – Le sonreí, pero esta vez mi sonrisa fue distinta, fue como las sonrisas que hace meses que no aparecían en mi rostro, fue una sonrisa sincera, y no una fingida. Quizás son ideas mías, pero me pareció que ella me leía el pensamiento. Entrecerró los ojos y su semblante se tornó serio.
- Tus ojos… Y tu sonrisa… Inspiran algo especial… - Ese comentario me tomó desprevenido. ¿Era siempre tan directa? ¿Lo decía en serio? ¿O acaso se notaba que mis demás sonrisas no son sinceras? Pero no me molestó en lo absoluto.
- Gracias… Eh… ¿Y tu porqué necesitas distraerte? Si se puede saber, claro…
- Son mis amigos, se comportan extraño. Y desde ayer que estoy soltera, pero la verdad es que eso me alegra.
- Extraño como…
- Como si yo les hubiera hecho algo.
- ¿Y lo hiciste? – Ella me intrigaba mucho, era agradable tal demostración de confianza, a pesar de que no me conoce personalmente.
- ¡Por supuesto que no! – Me miró enojada, yo simplemente me reí. De pronto agarró mi muñeca y vio la hora en mi reloj, ahogó un gruñido y se levantó exaltada.
– Lo siento, debería estar hace quince minutos en mi casa. Y oye, irradias amargura, debes hacer algo con eso. – Me sonrió y despidiéndose moviendo la mano se alejó por el camino de piedras y olvidando su lápiz. Ni siquiera nos dijimos nuestros nombres, pero ella debió de haberme reconocido, pues para mi no es fácil pasar desapercibido siendo conocido casi mundialmente. Pude ver su agraciada forma de caminar por atrás, y cuando se perdió de vista me di cuenta que sonreía como un estúpido. Al irse ella, toda la angustia volvió de golpe. Tuve la distracción momentánea que buscaba, pero solo sirvió para intensificar el poder de la desgracia.
Lamentando no tener nada más que hacer ahí, terminé el crucigrama y luego me levanté de la banca con rumbo a mi departamento.
Mi departamento quedaba a una cuadra del parque, en un edificio construido hace no mas de un año y medio, con departamentos no muy amplios, ideales para matrimonios nuevos o para personas solteras, como es mi caso. Hace un año aproximadamente que vivo solo, desde que Anastasia se fue.
Entré a mi departamento y lancé el periódico sobre la primera mesa que vi, la que estaba junto a la entrada en la cual se encontraba el teléfono y un espejo colgado en la pared sobre ella. Miré mi inexpresivo reflejo, mi pelo castaño claro, mis ojos color miel, mi cara en general, nada expresaba lo ocurrido hace ya bastantes meses. Aun así, mirarme al espejo me lo recordaba, asíque desvié la mirada. La chica del parque tenía razón, yo irradiaba amargura, y quizás era tiempo de hacer algo por mi mismo.
Por lo poco decorado y amoblado que estaba mi departamento (ya que Anastasia se iba a encargar de decorarlo y mi estado anímico no me permitió seguir) decidí comenzar a terminar el amoblado al día siguiente y así tener algo en lo que mantenerme ocupado, a pesar de que no me motivaba la idea. En el living solo había un sofá, un sillón, una mesa de centro y el piano heredado de mi abuelo; el piso flotante yacía desnudo. En el comedor se apreciaba una mesa de madera clara para ocho personas, y una de esas lámparas modernas. Lo que sí estaba terminado eran la cocina, los baños, mi estudio y mi habitación, que constaba de una cama de dos plazas, un televisor plasma de esos que se cuelgan como si fueran cuadros, mesas de noche a cada lado de la cama, sobre esta una repisa llena de libros, el closet con toda mi ropa y parte de la de Anastasia dentro, y en un rincón, junto a la puerta de mi baño y en la pared opuesta en la cual se encontraba la ventana, estaba el baúl cerrado con llave.
Mientras caminaba hacia mi estudio, fui encendiendo luces, ya que comenzaba a oscurecer. Tenía que continuar con un proyecto que tenía en mente hace bastante tiempo y que había dejado botado.
El estudio estaba ordenado, con todos mis apuntes apilados en el lado derecho de mi escritorio, y mi notebook apagado. En la parte superior del librero de la habitación se encontraban cuatro de mis libros, los que habían tenido más éxito. Algo había hecho que mi cabeza se llenara de ideas para así retomar mi proyecto; no se si fue el parque, la idea de terminar mi departamento, o el encuentro con aquella mujer, pero al encender el notebook y después de releer mis apuntes comencé a teclear como loco, párrafo tras párrafo, idea tras idea, palabra tras palabra.
Logré comenzar concretamente lo que en el futuro se convertiría en mi próximo libro.
Habían pasado tres horas cuando me di cuenta que mi estómago rugía de hambre. Recalenté un plato de comida italiana en el microondas, no sin antes condimentarla más de lo que ya estaba y me senté en la mesa de la cocina a comer.
La lluvia de ideas en mi cabeza cesó mientras comía, dándome la oportunidad de pensar en mi día. Hoy había logrado hacer lo que nunca había hecho por voluntad propia: conversar con una completa desconocida, y lamenté no haber consultado su nombre. Me impresionó la sinceridad con la que le hablé y el interés que noté de parte de ella al verme sentado solo. Pero lo más extraño fue la última frase que me dijo. Sabía que era verdad, y no hacía nada para impedir que mis recuerdos me torturaran, pero no quería olvidar ni abandonar. En fin… Me gustaba que la monotonía diaria se rompiera sola, y no tener que idear algo para perturbarla, aunque aquello que la perturba fuera una mujer lo suficientemente directa como para decirme a la cara que soy un amargado.
El cansancio mental comenzó a vencerme, lavé la loza acumulada en el lavaplatos rápidamente, ya que odiaba hacerlo. Caminé hacia el baño de mi pieza apagando las luces, me lavé los dientes y ya en mi pieza me desvestí, me puse una polera y pantalones cortos viejos y me acosté a leer.

A la mañana siguiente me desperté a eso de las nueve, tomé el teléfono inalámbrico y marqué a la casa de Alexander, mi mejor amigo y confidente. Era la única persona que conocía cada detalle de mi vida, por muy mínimo que sea. Esperé y justo cuando iba a colgar contestó su voz dormida.
- Tiene que ser algo importante para que no te asesine, Vicente; sabes que odio que me despierten.
- Hola Alexander. ¿Cómo estás? Bien, ¿y tu Vicente? Bien. – Dije con voz sarcástica.- Oye, ¿acompáñame a terminar de amoblar mi departamento hoy?
- Oh si, claro. – Alexander se tomó su tiempo para responder. Yo nunca había puesto interés en mi departamento, y mi cambio de actitud debe haberlo impresionado. El sabe perfectamente que mi “dejar estar” era por miedo a olvidar a Anastasia, y no lo sabe porque yo se lo hubiera dicho. Simplemente no es tonto. - ¿Ahora mismo? Es un poco temprano ¿no?
- Cuando quieras, da igual. Llámame.
- Nos vemos – Cortó.
Me levanté de un salto y me encaminé hacia la cocina para servirme desayuno. Volví a mi habitación y encendí el televisor. Miré noticias mientras desayunaba. Asaltos, robos, temas políticos irrelevantes, lo mismo de siempre, nada que animara a la gente.
Después de desayunar dejé la bandeja sobre la mesa de la cocina, y volví a mi habitación. Me quedé mirando el baúl, con muchas ganas de abrirlo, pero yo no tenía las llaves; Alexander me las había quitado, “no te hace bien martirizarte con sus cosas, Vicente, y como no quieres deshacerte de él, me llevo la llave” dijo, pero me prometió devolvérmela algún día. Me sentía como un niño chico al cual le dejan un objeto cortante fuera de su alcance porque se puede hacer daño, y no logro entender qué tiene de malo querer recordar a Anastasia. Lo que nunca permitiré es que se lleven la foto que tengo de ella y yo en mi estudio.
Entré al baño, me duché y me lavé los dientes. Después me vestí y me tiré en la cama deshecha a ver tele. En ese preciso momento sentí entrar a Helen, la ama de llaves que trabaja conmigo desde hace ya bastante tiempo, unos dos años, quizás. Después de unos minutos se asomó por la puerta y me saludó. Le respondí con una sonrisa y aproveché de informarle mis planes del día.
- Helen, hoy decidí terminar con el departamento. Compraré muebles y cosas por el estilo. – Me miró con sorpresa. ¿Qué tiene de raro querer tener un departamento decente?
- ¡Ohh! Me parece una excelente idea. Le hará bien ambientarlo a su estilo.
¿A qué se refería con eso? Bueno, es obvio; el departamento semivacío está así desde el tiempo en que comencé a mudarme acá con Anastasia, y no puedo negar que verlo así me recuerda a ella, pero… Bueno, debo admitirlo. Me hará bien y me mantendrá ocupado.
A eso de las once sonó el teléfono, y Alexander me informó que me estaba esperando abajo. Me despedí de Helen, tomé mi billetera y bajé por el ascensor. Sentado en uno de los sillones del hall de entrada estaba Alexander, con su característico aire relajado. Al verme se levantó y me sonrió.
- Ya era tiempo de que terminaras de amoblar tu departamento, Vicente.
- La idea no me motiva.- Respondí indiferentemente.
- Lo sé, pero eso no quita que te vayas a sentir mejor.
- Nunca dije nada de que me hiciera sentir mal. – Me miró como si hubiera dicho la mayor estupidez del universo.
- Desde que tenemos seis años que nos conocemos, Vicente; ocultarme cosas ya no funciona conmigo. Vamos.
Tenía razón. No se porqué me molestaba en omitirle información cuando el sabe cosas sobre mi que ni siquiera yo sé.
Caminamos hasta la esquina en silencio para esperar a un taxi. Por inercia desvié la mirada hacia el parque del frente buscando alguna mata de pelo liso color castaño rojizo, pero ella no estaba.
- ¿Qué miras?
- Nada, vamos… - Un taxi paró justo frente a nosotros. Entré, y el olor a aromatizante de auto me desagradó, como siempre, pero no tenía ganas de ir en mi auto y manejar.
Durante el trayecto Alex se dedicó a conversarme sobre esos temas sin importancia en los cuales uno puede estar horas y horas conversándolos sin aburrirse, y después de unos veinte minutos llegamos al centro comercial. Alex le pagó al taxista. Yo pagaría la vuelta, como siempre que salimos sin auto.
El centro comercial estaba abarrotado de gente, para variar. Caminé rápido, para evitar que la gente me apunte o empiece a hablar de mí a mis espaldas, a veces es molesto. Alex sabía que me desagradaba, por lo que caminaba a mi ritmo sin criticarlo.
Llegamos a la sección en donde vendían cosas para el hogar.
- Bien, llegamos. Consultaré si aún siguen vigentes los regalos de la lista de novios. – Dije, pero Alex me agarró por los hombros antes de que pudiera empezar a caminar.
- Deja que vea yo eso. Espérame acá. – Se alejó en dirección a la caja, y yo me quedé parado sin hacer nada. Perdí noción del lugar en donde me encontraba y me puse a pensar en la cantidad de regalos que nos habían dado a mí y a Anastasia. Sería un desperdicio no aprovecharlos, pero Anastasia eligió la mayoría, y eso empeoraría mi estado anímico. Pero no quiero olvidarla, eso sería como olvidar un capítulo imprescindible de un libro, además la habilidad que ella tenía para escoger muebles y decoraciones no la tiene nadie, y menos yo.
Un toque en mi hombro me sacó de mis pensamientos. Me volteé y vi a una señora baja, rechoncha y de unos sesenta años de edad que tenía colgando del brazo unas bolsas y una cartera gigante.
- Disculpe, es usted Vicente Samper ¿no? – Me dijo con voz chillona. Asentí con una sonrisa fingida. La señora abrió los ojos como platos y se puso a revolver su cartera buscando algo mientras hablaba demasiado rápido. Solo logré captar las palabras “fanática”, “libros”, “sueño” y “firmar”. Sacó un lápiz de su cartera, me lo pasó y luego sacó uno de mis libros nuevos recién comprado. Lo supe porque estaba envuelto en ese plástico transparente. La señora le quitó el envoltorio desesperadamente, abrió el libro y me lo pasó. La miré, le sonreí y firmé la primera página. Me abrazó y se fue. Siempre evito que me detengan en lugares públicos, no me gusta. Pero a veces hago excepciones, aunque este no sea el caso.
Miré a Alex, que ya estaba conversando con la encargada de las listas de novios de la tienda. Pasados unos minutos se acercó a mi, y tras el venía otra de las encargadas.
- Conseguí con ayuda de algunas modificaciones recientes en el contrato de novios que puedas cambiar todos los regalos que te han regalado de la lista. – Iba a alegar, pero levantó una mano para hacerme callar.- No repliques, tu decidiste dar este paso.- Tenía razón.
Estuvimos cerca de dos horas viendo muebles y cosas para mi departamento, guiados por la encargada de la sección. Obviamente, la encargada me reconoció de inmediato y no pudo disimular su entusiasmo en todo el rato que nos acompañó. Alex se reía de la situación. Nunca imaginé que siendo escritor fuera a tener éxito mundial. Incluso demasiado para mi gusto, y la prensa ya se había dado cuenta de aquello, pues normalmente me opongo a dar entrevistas; simplemente voy a las necesarias y de vez en cuando a uno que otro evento.
Pagué una suma altísima de dinero en la caja, haciendo que mi cuenta bancaria disminuyera considerablemente. Me aseguraron que en unos días llegaría un camión hasta mi departamento con todos los muebles, alfombras y otras cosas.
Al concluir, nos fuimos con Alex a comer algo en uno de los restaurantes del lugar. La comida se demoró en llegar, ya que había demasiada gente. Conversamos sobre distintos temas, pero nunca faltaron los típicos silencios incómodos en donde uno teme que salga a la luz cierto tema, y Alex era experto en sacarlos. Como esperaba, cuando aún quedaba la mitad de nuestros platos, Alex me miró fijamente, pero lo interrumpí antes que empezara a hablar.
- Si, si, si. Decidí que debo seguir adelante y no quedarme en el pasado, ya que no volverá.
- No te enojes, solo quería comentarte que me parece bien.- Lo miré con un atisbo de sonrisa. Me invadió una ola… no… un tsunami de agradecimiento hacia el. Si Alex no hubiera estado conmigo todo este tiempo, no creo que lo hubiera soportado.
- Gracias. – Y terminamos el tema, afortunadamente. Alex era una de las únicas personas con las que hablaba de mi mismo, de lo que me pasa o me complica, pero por ahora prefiero evitarlo, y Alex lo entiende y comprende. No es que no confíe en el resto de mis amigos, pero simplemente no me gusta hablar de mí con ellos.
Al terminar de comer nos fuimos en un taxi hasta el edificio de Alex.
- Bien, yo debo salir hoy en la noche. Nos vemos otro día. Tomas la mejor decisión, en serio. –Alex había intentado que aquello último sonara como algo casual, sin importancia, y eso me causó gracia.
- Nos vemos, Alex. – Me reí y empecé a caminar a mi edificio, que quedaba a pocas cuadras del de Alex.
Ya había dado el temido paso de decidir seguir. “Nada del pasado vuelve” me habían repetido mis amigos hasta el cansancio, y ya era hora de hacerles caso. No sé lo que fue que hizo que hoy amaneciera con tal determinación, ni tampoco sé si es lo que quiero, pero es lo correcto y a veces hay que dejarse llevar. No quiero ser un amargado.