- Cada día me gusta más tu auto. – Como siempre, Alex estaba maravillado con mi adquisición de hace unos meses, producto de un débil intento de animarme a mi mismo.
- A mi también.
Nos bajamos, y me causó gracia el contraste de mi moderno vehículo con el bar en el que estaba estacionado. Activé la alarma y me tomé mi tiempo en contemplar el familiar edificio, de arriba abajo.
- No ha cambiado en nada…
- Solo ha pasado un año, no es tanto tiempo. – Respondió Alex a mi comentario mientras se acercaba
rápidamente a la entrada del local.La lluvia había comenzado a caer con mucha mas fuerza en el trayecto de mi departamento al bar, hasta el punto de formarse grandes pozas de agua en la calle. Entré al local tras Alex, y al igual que el exterior, todo seguía intacto. Las armaduras en las paredes, las antorchas y los candelabros colgantes con velas que iluminaban el lugar, las mesas y las sillas de madera ordenadas aleatoriamente, y la larga mesa de bar llena de vasos, copas, botellas y latas. La chimenea del fondo ardía, calentando el lugar ya bastante frío por la piedra de las paredes y del suelo. Nos acercamos a una mesa del fondo del lugar, pasando por alto las miradas impresionadas de los clientes presentes y nos sentamos a esperar a que llegaran Darío e Ian. Lo bueno que tenía “Elanor” era que como la dueña, Ángela, nos conocía hace bastante tiempo, gozábamos de ciertos privilegios entre los que se contaba la prohibición de la entrada de la prensa, y la posibilidad de salir por la puerta trasera en caso de que un mar de medios de comunicación masiva atacara la entrada principal.
Cuando nos sentamos, la dueña del bar nos vio desde la barra y se nos acercó a la velocidad de un rayo, y con una botella de cerveza helada y tres vasos.
- ¿Les molesta si me siento? – y sin esperar respuesta, se sentó sirviendo los vasos. Alex, como siempre, se la comía con los ojos y con justa razón, pues era muy atractiva, y no era mucho mayor que nosotros.
- Logramos sacarlo de su departamento, al fin. – comentó Alex echándose hacia atrás en la silla, y mirándome divertido.
- ¡Ya era hora! ¿Cómo has estado, Vicente? Tanto tiempo…
- Supongo que mejor, no podía encerrarme para siempre ¿no? – me encogí de hombros y le sonreí a Ángela.
- ¡Ya te iba a ir a buscar! - Justo en ese momento se escuchó el sonido de vidrio rompiéndose en la barra, sobresaltando a Ángela. - ¡No puedo tener ni un minuto de descanso! Sucede que tengo empleados nuevos… Y no tienen demasiada experiencia. Con permiso…. – se levantó y, llevándose su vaso de cerveza, se fue.
- Al igual que el local, Ángela se mantiene muy bien. – comenté, y tomé un trago de mi vaso.
- Cada día mejor, y tiene unas clientes preciosas que vienen regularmente. Debes conocerlas.
- No por ahora, gracias. – No cuando el recuerdo de Anastasia todavía estaba tan presente. En verdad no tenía ninguna motivación para estar ahí sentado, y mi incomodidad era demasiado evidente - ¿Es necesario esto, Alex?
- Si, Vicente. Ya basta de aislarte de la gente a la que le importas. – Me respondió Alex. Había comprendido enseguida a qué me refería, pero definitivamente no iba a permitir que me fuera.
- Pero…
- Pero nada. Si se alejaron es porque tú lo quisiste.
- ¿No están enojados? – En verdad no tenía sentido seguir evitando el tema que realmente me preocupaba, ni tampoco lo tenía reprimirme pensamientos con Alex, ya que era la única persona con la cual he conversado temas con los que nadie más he hablado ni hablaría jamás, y no hablar esto con el era una estupidez.
- No, si entienden tu actitud… Pero ya se estaban empezando a cansar de esperarte y me querían convencer de obligarte a salir de…
- Eso hiciste. – interrumpí.
- Pero no porque ellos me lo pidieran, fue por iniciativa propia.
- Hay algo que quiero saber… – Me entró curiosidad por saber qué pensaba Alex de mí ahora, y era el momento perfecto de preguntárselo, ya que nunca había querido hacerlo por evitar el tema, pero si quería superarlo debía enfrentarlo poco a poco. Para variar Alex tenía razón en sus consejos. – ¿No piensas que soy un exagerado?-
Alex me quedó mirando fijamente, y se tardó en responder. Lo había encontrado desprevenido, ya que lo normal era que él tuviera que sacarme la información que yo necesitara desahogar, y eran contadas con los dedos de una mano las veces que había hecho preguntas tan directamente, y siempre que las hacía se provocaba el mismo efecto de impresión.
- Pienso todo lo contrario, Vicente. No todo el mundo puede soportar el tener a su pareja muriendo en sus brazos, y de esa forma… - En ese momento fijé mi vista en un nudo en la madera de la mesa que de forma repentina me pareció particularmente interesante.- Lo has llevado muy bien, en serio.
- ¿Y no te cansas de andar siempre preocupado por mi y de que no se me ocurra saltar de mi ventana?- no desvié la mirada del nudo.
- Tú no te cansaste de mí cuando teníamos diecisiete. Somos amigos de toda la vida, y en serio no entiendo cómo te puede preocupar algo tan imposible como es que me canse de ayudarte. La respuesta es obvia.-
No había nada entretenido en la televisión, como todos los domingos por la tarde, y me arrepentí de no haber acompañado a mi madre a comprar con mis hermanos menores, ya que al menos hubiera tenido algo que hacer. Anastasia había viajado fuera de la ciudad por el fin de semana, y no había tenido noticias de mis amigos, hasta ahora.
Sonó el timbre, y me levanté del sofá desganadamente a abrir la puerta, preguntándome quién podría ser.
- ¿Alex? ¿Qué pasó? – el gesto en su cara era preocupante, tenía los ojos ausentes y ojeras muy marcadas, evidenciando lo presumible: que no había dormido hace al menos dos noches.
- ¿Estás solo? Necesito contarte algo… - expedía olor a alcohol, y supe que había sucedido algo grave. Alex nunca bebía si no era con nosotros, y el que lo haya hecho me preocupó superando todos los límites posibles.
- Estuviste tomando… Pasa.
- Anoche, pero no me regañes… - Alex entró, y esperó a que le indicara que se sentara o algo, cosa extraña en el ya que mi casa era prácticamente su casa. Cuando lo hice se sentó y se agarró el pelo cerrando firmemente los ojos.
- En mi casa creen que pasé el fin de semana acá.
- No hay problema pero dime qué pasó, me tienes preocupado.
- ¿Me prometes que no me vas a dejar solo en esto? – dijo, y me miró nuevamente con esa vista ausente, perdida.
- No seas idiota, por supuesto que no te dejaré solo. – respondí, y puse mi mano en su hombro. Ver a Alex con esa actitud era indicio de algo fuerte, ya que normalmente no actuaba así ante los problemas menores.
- Tiene que ver con Maida…
- ¿Terminaron? – aventuré.
- No… no sé…
- Entonces dime… - empujé levemente con la mano que tenía en su hombro, obligándolo a sentarse de forma recta.
- Tiene dos meses de embarazo.-
La preocupación que sentía fue radicalmente reemplazada por rabia hacia la irresponsabilidad de Alex, y a la inminente necesidad de ayudarlo. Entre nosotros siempre fue igual, mis problemas eran los suyos y viceversa, y eran innumerables las veces que nos habíamos ayudado mutuamente. Por supuesto que esta vez no sería la excepción.
- ¿No que tomabas precauciones?
- Hubo una vez que no… Es que… No nos resistimos y creímos que no pasaría nada.
- Mira Alex, hay gente que no piensa en este mundo, gente estúpida, pero tu no entras en esa categoría. ¡Cómo se te ocurre creer que no pasaría nada! – dije, y me levanté sintiendo cierto arrepentimiento por hacerlo sentir peor, pero debía tener claro su error. Volvió a tomarse el pelo, esta vez con más fuerza, y cerrando los ojos.
- No sé qué hacer…
- Lo evidente, Alex. Vas a hacerte cargo de lo que hiciste, y por ningún motivo dejarás sola a Maida, y buscaremos un trabajo para los dos.
- Pero no tienes porqué hacerlo… - Alex levantó la vista con los ojos abiertos como platos.
- No te voy a dejar solo en esto. Te ayudaré.
Ya había pasado un mes desde que Alex me había contado su problema, pero ahora nos enfrentábamos a otro, el cual cuya simple solución era rotundamente evitada por Alex.
- Mira, si no le cuentas a tus padres esta semana te juro que lo haré yo. No puedes seguir postergando algo así, Alex. Si sigues esperando será peor. – dije mientras me quitaba la ropa de trabajo, y me ponía la mía en los camarines de empleados. Habíamos encontrado trabajo en el mismo lugar, y nos encargamos de que fuera en el mismo horario, en un restaurant de comida rápida.
- Me echarán de la casa.
- Pero ya sospechan que algo te sucede, según lo que me cuentas. Es mejor que lo digas tú a que se enteren por otros medios. – pero Alex no me respondió, y no le insistí. Preferí dejar que pensara en mis palabras, por muy obvias que sean.
Ya eran las once de la noche, y estaba exhausto, ya que era viernes, y pensar que aun debíamos trabajar al día siguiente y el domingo hacía que me cansara anticipadamente. Salimos del local agradeciendo el impacto de la brisa fría que corría por la calle que aclaraba nuestras mentes.
- Se lo diré hoy a mis padres. ¿Puedo irme a tu casa si sucede cualquier cosa?
- Por supuesto.
El celular de Alex comenzó a sonar, y contestó de inmediato. La expresión de su cara cambió rotundamente de aquella mirada ausente que había adoptado desde hace un mes a una de total temor. Cuando colgó estaba desesperado.
- Vicente, ya sé que te he pedido mucho estas semanas, pero por favor acompáñame al hospital. Maida tuvo síntomas de pérdida. – la noticia me cayó como un balde de agua fría.
- Claro que sí, Alex, no es necesario que lo pidas. ¡Vamos rápido!
Todo el cansancio desapareció de un momento a otro, y estuvimos en el hospital en diez minutos, quien sabe cómo. Cuando le preguntamos, la recepcionista nos indicó en donde estaba Maida, y corrimos hacia allá, ignorando el llamado de atención de la gente en el pasillo. Llegamos a la puerta correcta y Alex la abrió groseramente, entrando con velocidad inusual a situarse al lado de Maida, que yacía acostada en una camilla con los ojos hinchados y rojos, lo cual me hizo temer lo peor.
- Esperaré afuera… - dije, pero Alex negó dándome la espalda, por lo que cerré la puerta silenciosamente y me acerqué, manteniendo cierta distancia. El médico esperaba que alguien hablara con los brazos cruzados, con una expresión de triste comprensión por la situación, pero como Alex estaba demasiado afectado para hacerlo, lo hice por el.
- ¿Qué pasó, doctor?
- Antes que todo, tienen que entender que lo que sucedió no se pudo predecir ni evitar. – la voz del médico era como la de un padre hablándole a sus hijos – Lamentablemente, producto de una baja en la concentración de progesterona se produjo un aborto espontáneo, lo siento. – De inmediato oí cómo Maida explotaba en llanto, y vi a Alex desplomarse junto a la camilla. Por muy problemático que fuera el tema para el, en el fondo yo conocía bien las expectativas que había comenzado a crearse, y por cómo me hablaba de Maida, ella tampoco mostraba algún indicio de no querer ese hijo. Me acerqué al médico para poder entender mejor.
- ¿Cómo?
- Mira, la progesterona es una hormona que mantiene el embarazo, y deja que el feto se mantenga en su lugar. Fue por problemas hormonales de Maida, ¿entiendes? No pudimos hacer nada, lo siento.
- Gracias, doctor…
- ¡Es tu culpa, Alex! ¡Tú insististe en que nada pasaría esa noche! – Maida había comenzado a gritar como una loca, haciendo que el médico se acercara a calmarla. Yo me aproximé a Alex, el cual había empezado a llorar desconsoladamente, y lo abracé fuerte, demostrándole que estaba con el y que contaría conmigo para siempre.
Recordé lo ocurrido cuando teníamos diecisiete años, y en cómo me sentí. No hubiera podido dejar solo a Alex ni por nada del mundo, incluso aunque el me lo hubiera pedido, y si bien ayudarlo a salir adelante fue difícil, no fue imposible. Ahora la situación se revertía, y aunque odiara aceptarlo ahora era yo el que necesitaba el empujón para salir adelante, esas energías que requería que me proporcionaran, que me hicieran ver cómo debía actuar, ya que yo me negaba a verlo.
- Gracias… - simplemente pude decir eso, y Alex me sonrió.
- No agradezcas nada.
Estuvimos los siguientes diez minutos conversando sobre el último año de Universidad que cursaba Alex, ya que después de “recuperarse” de lo de su hijo y de pasar por graves crisis vocacionales, terminó decidiéndose por Ingeniería Civil en Minas. La comparamos con la carrera de la cual ya me había graduado, Literatura, hasta que la puerta de entrada del bar se abrió, y entraron dos hombres junto con una fría brisa. Ya había olvidado la última vez que había visto a Ian y a Darío, pero volver a encontrarme con ellos fue como si nada de tiempo hubiera pasado. Si bien no me motivaba estar ahí sentado, me dí cuenta que en realidad no quería alejarme de ellos, y de que había relacionado mi aversión con sus faltas de preocupación, pero Alex ya me había dejado en claro la realidad.
- ¡Hasta que te acordaste que tenías vida social, Vicente! – me dijo Darío, y me levanté a saludarlo.
- Mi vida social hibernaba, lo siento. – Nos abrazamos, y luego miré a Ian.
- Y supongo que el invierno ya acabó. – Ian siguió el juego.
- No, pero mi vida social tiene el sueño ligero. – Reímos, y nos abrazamos. Alex los saludó también, y nos sentamos en la mesa, pidiéndole con un gesto a Ángela que nos llevara más cerveza.
Al estar los cuatro sentados en silencio, mis conjeturas de aquella mañana se hicieron realidad: Ian me miraba de vez en cuando, como evitando toparse conmigo pero no pudiendo evitarlo, y Darío se rascaba continuamente la cabeza, esforzándose por decir algo, y mi incomodidad aumentó considerablemente. Me decidí a levantarme y retirarme, ya que no me gustaba que la gente me tuviera lástima, pero cuando abrí la boca para explicar el porqué me iba, Alex interrumpió.
- No nos juntamos para estar callados, y si quieren preguntar algo, háganlo directamente. – Se había dado cuenta de que Darío e Ian se sentían incómodos, y con lo que había dicho no me quedó más remedio que quedarme, porque Darío comenzó a hablar de inmediato.
- Tienes razón – y pasó su mirada desde el hacia mi- Vicente, se supone que debíamos hacerte pasar un buen rato… Y no quería tocar el tema, pero…
- Mira, prefiero que me pregunten directamente cómo estoy a que me miren como el tipo al que hay que tenerle lástima y con el que hay que tener cuidado al hablar o hacer algo.
- Es que como nunca quisiste hablar el tema con nosotros no sabíamos qué reacción tomarías, – acotó Ian – por eso decidimos hacer como si nada hubiera pasado.
- Pero no les funcionó.
- Vicente, cálmate. No es normal que la gente se altere cuando sus amigos quieren que esté bien, y eso es precisamente lo que estás haciendo. – Alex me frenó.
- Está bien… Lo siento… Solo quiero que me digan qué es lo que piensan.
- Yo los dejo un rato para que conversen. – Alex se levantó y se dirigió a conversar con Ángela a la barra, dejándome solo frente a Ian y Darío. Había llegado el momento de hablar del tema y enfrentarlo todo con alguien que no fuera Alex, o alguien de mi familia, y si bien sabía que este momento llegaría, esperaba que se tardara más. El primero en romper el silencio fue Ian.
- Como ya debes saber, entendemos tu silencio y tu reacción, y personalmente no quiero que pienses que nos alejamos, porque no es así. Simplemente quisimos darte tu tiempo y esperar a que te sintieras mejor como para recuperar tu vida, pero te estabas tardando demasiado y ya íbamos a intervenir. No quiero obligarte a hablar de Anastasia ni de lo ocurrido, porque debe ser bastante doloroso y no solo para ti pues ella era muy cercana a todos, pero me gustaría entenderte y poder ayudarte.- Al terminar de hablar, me quedó mirando esperando que yo formulara alguna respuesta, pero no sabía qué decir. Sentía que debía hablar, pero hacerlo significaba profundizar heridas ya abiertas.
- Yo pienso que no nos merecemos que nos rechaces tan abiertamente, ya que solo queremos lo mejor para ti, y ya estuviste demasiado tiempo solo. Creo que Ian dejó muy claro lo que piensa, y yo concuerdo con el. Quiero entenderte. –
No me percaté de cuánto rato estuve en silencio, debatiéndome en mi interior si hablar o no hablar. Ellos eran
los amigos más cercanos que yo tenía, después de Alex, y en el fondo tenían razón. Yo en lugar de ellos habría hecho exactamente lo mismo, y en realidad era bastante egoísta de mi parte pensar solamente en mí, ya que Anastasia era bastante cercana a mis tres mejores amigos, y su pérdida los había afectado también, pero mi dolor propio me había impedido ver más allá de mi metro cuadrado, y me había encerrado en una burbuja llena de recuerdos masoquistas. Nunca me había puesto a pensar en la fuerza que debe haber tenido Alex en el momento de la muerte, ya que solamente se había preocupado de mi bien, y yo no había pensado en lo más mínimo en el. Repentinamente me sentí culpable y egoísta y me decidí por hablar.- Primero que todo quiero que me perdonen… No les permití estar conmigo en momentos difíciles solamente porque soy un egoísta que pensaba en si mismo, pero en ese entonces me daba lo mismo todo lo que no tuviera relación con mi vida ni con los recuerdos de Anastasia, y en realidad recién ahora estoy empezando a intentar recuperarme. La verdad es que con el tiempo empecé a pensar que ya no se interesaban en mí, y fue por eso que me alejé. Simplemente me encerré tanto en mi mismo que no me dí cuenta que estaba alejando lo bueno de mi vida, y si no fuera por Alex nunca me hubiera dado cuenta… - al hablar, lo hice demasiado rápido y no supe si me habían entendido bien, pero expresarlo oralmente me ayudó a concebir lo estúpido que había sido.
- No te preocupes, te conocemos bien, y eso lo entendemos… - me respondió Darío, con un tono de máxima comprensión.
- No fue fácil soportar que muriera en mis brazos, ni tener mis manos llenas de su sangre…- continué - Teníamos muchos planes, e íbamos a ser muy felices, pero todo se derrumbó en cinco minutos. Fui tan feliz con ella que empecé a vivir de los recuerdos que me quedaban, y fue Alex el que me hizo asumir la realidad, pero eso llevó a que viviera por inercia. – mientras hablaba, mi vista estaba clavada en la botella casi vacía de cerveza.
- ¿Nunca quisiste salir adelante? – me preguntó Ian, y le respondí de inmediato.
- No, nunca. De hecho me obligaban mi familia y Alex a salir aunque sea a caminar, porque yo me habría quedado encerrado todo el día en mi habitación, o sentado en el cementerio.
- ¿Y qué hizo que te decidieras ahora?
- Siempre tuve la esperanza de que algo bueno me pasara, y como siempre me repetían que nada del pasado iba a volver y que no podía ser un eterno amargado, me di cuenta que no quería serlo… Hay más cosas buenas por las que vivir, como la familia y los amigos ¿no?
- Totalmente de acuerdo. – Darío me sonreía, al igual que Ian, y me sentí como un experimento que había resultado exitoso.
- Ya, y tu discúlpanos a nosotros por no haber insistido en ayudarte. – dijo Darío.
- Hicieron bien, volvieron en el momento justo.
- Entonces todo aclarado… ¡Alex! – Ian llamó, y Alex volvió a sentarse con nosotros.
- ¿Todo bien? – preguntó abiertamente, pero yo sabía que la pregunta iba para mí.
- Mejor de lo que esperaba…
Nos pasamos el resto de la noche conversando, riendo, recordando anécdotas del colegio y contándonos, o mejor dicho en mi caso oyendo, lo ocurrido en el año en que estuvimos distanciados. Cuando vi la hora eran las cuatro de la mañana, y con Alex procedimos a retirarnos, empapándonos con la lluvia al salir del local.
-¿Te arrepientes de haber venido? – me preguntó cuando ya estábamos resguardados en el tibio interior de mi auto.
- No… Y quería agradecerte por obligarme a venir. No sé cómo hubiera salido adelante sin tu ayuda, Alex… Gracias.
- No me agradezcas, somos como hermanos y es lo menos que puedo hacer.
Fui a dejar a Alex a su departamento, y cuando llegué al mío me acosté y caí dormido al instante.


2 comentarios:
Ya, si igual se entiende que el pobre vicente no quiera salir del hoyo, x que la muerte de anastasia fue fuerte.. :S Pobre de él.
Muero con Álex y su ingeniería civil en minas... xDDDD
Está muy bueno el cap. Detalles tiene, pero son detalles.. como lo de las clientes.. XD
En fin, sigue escriendo.
;)
¡¿Y dónde está Sofía?! Siento muuucha curiosidad.. *O*
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